

Cuando llegué el 1 de noviembre a Parque Alcosa, uno de los barrios más vulnerables de Valencia, no me lo podía creer. Todo era desolación. Fachadas destrozadas, montañas de coches, rostros desencajados entre el lodo, que nos relataban todavía con voz temblorosa cómo había sido la noche del 29 de octubre.
Unos días más tarde, en Paiporta, unos periodistas de un programa de la Televisión Autonómica Valenciana me entrevistaron. Estábamos sirviendo bebidas calientes a voluntarios y vecinos. Justo al borde del barranco. A pesar de que brillaba el sol, era un día gris, como todos los demás, desde la riada.
Aunque la entrevista versaba sobre la intervención de emergencia de la Fundación que presido en los municipios afectados por la DANA, la joven periodista en un momento dado, me pidió que comparara la situación con la guerra en Ucrania.


Mi primer pensamiento se fue al 29 de octubre. Mi marido y su equipo llevaban 4 horas atrapados en una empresa de Ribarroja del Turia. El agua con lodo ya había inundado toda la planta baja y el almacén. Es el lugar donde desde hace 3 años almacenamos la ayuda humanitaria que regularmente la Fundación Juntos por la Vida envía a Ucrania.
Y fue entonces, poco después de las 20 horas, sonó la alarma en nuestros móviles.
Yo estaba en el salón de mi casa con Sofía, mi hija de acogida ucraniana, evacuada hace 2 años. El sonido de la alarma en los móviles fue estremecedor, pero a la vez familiar.
Y es que, desde hace 3 largos años, los habitantes de Ucrania, conviven con las alarmas varias veces al día. Y también los cooperantes que vamos regularmente. Sirenas, drones sobre nuestras cabezas, horas en los refugios y impotencia de millones de personas que están viendo cómo su querido país se destruye.


Es una situación que ya se ha naturalizado por parte de la sociedad y de los voluntarios. Y nos preguntamos… ¿cómo podemos naturalizar el terror? ¿cómo podemos normalizar la muerte? ¿cómo podemos convivir con la destrucción?
Y es imposible no comparar. Cada día, en cada visita. A pesar de la desolación de los escenarios recorridos en Catarroja, Paiporta, Picaña, Alfafar, la diferencia con Slavianks, Bucha, Dnipro o Zaporizia es que aquí, el terror solo duró una noche. Y tras la DANA, solo queda reconstrucción. Tanto física como emocional.


En mi querida Ucrania el terror sigue, y la reconstrucción costará. No sabemos cuánto. Cómo reconstruyes la vida de miles de madres que han perdido a sus hijos en el frente? Cómo reconstruyes la vida de mujeres y niñas violadas, de miles de niños huérfanos? O de aquellos… que lo han perdido todo absolutamente: familia, hogar, pueblo y dignidad. Desde la Fundación Juntos por la Vida, allí estaremos para apoyarles, acompañarles y ayudarles en todo lo que podamos.
Con los últimos acontecimientos macro políticos, Ucrania vuelve a estar en boca de todos, y muchos me preguntan por el fin de la guerra. Dar una respuesta diferente al deseo es difícil. El deseo que tengo desde 2014, cuando comenzaron los ataques al Donbas. Y todo porque la falta de empatía entre los que dominan el mundo, dificultan los procesos de paz. La empatía nos hace ser coherentes con nuestras acciones hacia la justicia social. Y el egoísmo y los intereses económicos nada tienen que ver con la empatía que llevaría a la PAZ JUSTA tan deseada y tan necesaria.
Clara Arnal

