UCRANIA DESPUÉS DE MAIDAN

Desde los últimos acontecimientos en Maidan, en el Este de Ucrania se vive una guerra por la que casi dos millones de personas han tenido que abandonar sus casas en las regiones de Lugansk y Donestk. Los más vulnerables, como siempre, los niños. Algunos han salido del país, pero la gran mayoría sobreviven dentro de Ucrania, a pesar de que el país esté en crisis económica y social. Son los desplazados internos que ahora, dos años más tarde se sienten rechazados por sus propios compatriotas. Son las personas que sienten que vienen a quitarles los puestos de trabajo, las plazas de guardería a sus hijos y las medicinas para la gripe. En un país donde la corrupción es endémica, las redes de voluntariado que surgían al principio del conflicto parecen desvanecerse en un momento cuando lo importante es sobrevivir.

Madres se trasladan solas con sus hijos y han de pagar alquileres que no pueden permitirse. Para ello trabajan 12 horas diarias y sus hijos, todavía atermorizados por el sonido de las granadas y el trajeteo de los tanques junto a sus hogares, permanecen solos en casas alquiladas de 10 metros cuadrados, esperando a que sus madres regresen, y si tienen suerte, al cuidado de algún hermano mayor.

La fundación Juntos por la Vida pretende dar un respiro a estas madres ofreciendo la oportunidad a sus hijos de viajar a España durante dos meses en Verano, con una familia de acogida. Por eso ha ampliado los programas de acogimiento familiar de niños de Chernobil a acogidas de niños ucranianos víctimas del conflicto bélico. Esperamos encontrar muchas familias.

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El 26 de Abril de 1986 a la 1:23 AM explotaba la Unidad Nº 4 de la Central Nuclear de Chernobil en lo que fue, sin duda, el mayor accidente nuclear ocurrido jamás.
Grandes extensiones de terreno en Ucrania, Bielorrusia y Rusia se contaminaron de forma inmediata por la radioactividad y a las 31 muertes y 150.000 desplazados de las zonas altamente contaminadas, según los informes iniciales, estudios publicados diez años después cifran la zona contaminada en el 20% de Bielorrusia, el 8% de Ucrania y 0,5-1,0% de la Federación Rusa y se estima el número de muertes en 125.000 personas y en 8,5 millones de personas las que viven en las zonas altamente contaminadas.
Además de los efectos directos de la radioactividad sobre la salud de las personas, los elementos radioactivos depositados en las tierras y aguas de la zona contaminada pueden pasar a la cadena alimentaría, aumentando las dosis de radioactividad recibida por las personas.
Una de las consecuencias más claras sobre la salud a causa de los altos niveles de radioactividad en los territorios afectados ha sido el dramático aumento de cáncer de tiroides sobre todo en niños. Se estima que el 10% de los 10.000 que contraerán la enfermedad morirán en los próximos años.
Se ha detectado un alarmante aumento de cáncer, leucemia y tuberculosis entre la población de las zonas contaminadas. De igual manera se han detectado trastornos circulatorios, digestivos y respiratorios, junto con los efectos psicológicos, ruptura de familias y desarraigo social provocado por la muerte, invalidez o el desplazamiento de miles de personas de sus hogares. En este contexto es fácil comprobar la existencia de muchos niños que habitan en la zona afectada que, no solo carecen de alimentos básicos para la vida, sino que además presentan deficiencias de salud directa o indirectamente relacionadas con los efectos de la catástrofe.
Según las autoridades sanitarias, es muy conveniente para estos niños pasar períodos de descanso y rehabilitación lejos de la zona afectada por la radiación, dada la gran capacidad que tiene el organismo infantil para eliminar los radio nucleidos en ambientes no contaminados.

 

 

 

LAS FLORES CRECEN EN CHERNOBIL

 

"Desde nuestra aldea veíamos el humo del incendio, pero no nos evacuaron hasta tres días después", nos comenta la presidenta de la Asociación de madres de niños de Chernobil de Ivankiv. Habían pasado tres días de la catástrofe, el 26 de abril del 86 y Ludmila, que entonces era la jefa de seguridad infantil de la región de Ivankiv, recibió la noticia de que debían abandonar la ciudad y las aldeas de alrededor de la Central Nuclear.

 

"Sacaron en autobuses a todos los niños y las mujeres. Los hombres se quedaron a trabajar en la central". Nunca olvidará las escenas de desasosiego e incertidumbre que presenció. Nunca olvidará a una pequeña niña a la que no evacuaron. La única que se quedó en la zona, porque sus padres alcohólicos no lo permitieron. La pequeña permaneció en la aldea, jugando con la arena, y viendo pasar los camiones entrando y saliendo continuamente a su pueblo. Un año más tarde, la leucemia acabó con su vida.

 

Y no lo olvidará, porque desde entonces, lleva trabajando por mejorar las condiciones de cientos de niños y niñas que todavía viven en esa zona, que aunque nacieron mucho después, todavía sufren los estragos del fatal accidente. "Nos recomendaron que no volviésemos a las aldeas", sigue contando, "pero no teníamos donde ir, nuestros trabajos estaban aquí, nuestras casas, nuestras familias...".

 

 

"A los que vivían al otro lado de las verja que delimita la zona de exclusión 30 km. alrededor de la Central, los realojaron en otras ciudades, pero a nosotros no nos ofrecieron nada, y cuatro meses después, volvimos".

 

Algunos edificios, entre ellos colegios, tuvieron que ser derrumbados, pues los niveles de radiación eran tan altos que sólo acercarte a ellos producía fuertes dolores de cabeza.

 

Poco a poco la contaminación ambiental ha ido normalizándose, pero las partículas radioactivas se han adentrado en la tierra donde se cultivan la mayoría de los alimentos que los más de 10000 habitantes de la zona consumen diariamente, la tierra donde pastan sus vacas, donde se crían sus gallinas.

 

Ahora Ludmila y un equipo de "madres coraje" trabajan infatigablemente para que los niños y niñas de esta zona se alejen del lugar contaminado al menos dos meses al año, y colaboran con diferentes organizaciones que promueven el acogimiento de estos menores en familias españolas.

 

En nuestra reunión también se encuentra Lidia Ivanovna, representante de una ONG valenciana, Ucrania 2000, que desde 1994 ayuda a niños y niñas afectados por Chernobil. Ella vivía en Kiev en aquella época, a más de 100 km. de la Central Nuclear, y también recuerda cómo los niños y niñas fueron evacuados de la capital un mes más tarde. "Había ocurrido muy lejos, y la gente solía hacer toda clase de chistes sobre el incendio y sobre la evacuación. Pero pronto descubrimos que el asunto era serio. Mi padre compró un dosímetro", nos cuenta, "y cuando lo pasamos por la repisa de la ventana llena de polvo y marcó la dosis tan elevada de radiactividad, nos asustamos de verdad. No era para bromear. Y deseamos dejar de sentir el sabor metálico en nuestra boca, el sabor a plomo radioactivo...".

 

Las autoridades ucranianas no informaron entonces de la magnitud de la tragedia, y siguen sin hacerlo ahora, 21 años más tarde.

 

Tras nuestro encuentro, y después de relatarnos los recuerdos del 86, una furgoneta nos lleva a visitar el sarcófago agrietado que cubre los escombros radioactivos que tantas desgracias han causado.

 

Al atravesar el primero de los tres controles de acceso a la Central, nos adentramos en un área de bosques de la superficie de Luxemburgo, donde vivían más de 200000 personas, que 48 de la tragedia fueron realojadas en diferentes zonas de la antigua Unión Soviética, teóricamente fuera del peligro.

 


Les dijeron que llevasen consigo ropa y víveres para un par de días, pero nunca volvieron a sus casas. Todos, excepto unos cuantos, a los que, la nostalgia, la mala calidad de las viviendas que les ofrecieron, y la pésima acogida en estas ciudades por parte de algunas personas que los consideraban "infectados", les hicieron regresar.

 

Sergei, el guía que nos acompaña en nuestra visita a Chernobil, nos explica que hoy en día viven 350 personas en el área prohibida. Casi todos son mayores, han vivido toda su vida en la zona, y no entienden por qué el gobierno ucraniano no les permitió regresar a sus hogares después del incendio.

 


Actualmente las autoridades ya no les presionan a salir. El gobierno sabe de su existencia, e incluso les han bautizado con el nombre de "sama shol", que significa "los que viven en la zona prohibida". Estas personas, en su mayoría ancianos, viven aislados unos de otros, y distribuidos en 9 aldeas y una ciudad, Chernóbil.

 

Ignoran las prohibiciones de recoger vayas y setas de los bosques. Algunos tienen cerdos, gallinas y vacas, que les aseguran la supervivencia.

 

Nos sorprende cuando nos explican que, además de estos "sama shol", Chernóbil también tiene una población intermitente, la de 6000 personas que todavía trabajan directa o indirectamente en la Central. 3000 de ellos, llegan cada día en tren desde la Ciudad de Slavutich, la que se construyó tres años después de la catástrofe a 30 km. al este de la Central. Estos trabajadores participan en la construcción del cementerio nuclear que albergará los residuos radioactivos de todas las ciudades de Ucrania. Su trabajo está considerado de alto riesgo, y perciben salarios de 400 Euros mensuales.

 

La mitad, unos 200 Euros, perciben los que participan en las tareas de reforestación del bosque, y en los que descontaminan el metal que quedó, otros tres mil aproximadamente. Estas personas constituyen la población intermitente de Chernóbil, que vive en la ciudad evacuada de lunes a jueves, o semanas enteras alternas.

 

Nuestro guía nos proporciona un dosímetro, que mide la radiación ambiental en nuestra visita. Cuando pasamos el segundo control, el que lleva a la ciudad abandonada de Prypiat, la más cercana a los reactores, el nivel de radiación sube de manera escandalosa. Estamos pasando por la mancha radioactiva que el guía nos ha mostrado en el mapa antes de comenzar la excursión.

Larysa, otra representante de la ONG valenciana, que nos acompaña, no había regresado a la ciudad abandonada desde 1985, un año antes de la catástrofe, donde vivió durante los meses que duraron sus prácticas de ingeniería. "Era" nos relata "la ciudad más hermosa de la Unión Soviética". Una ciudad joven, creada en 1970, y que solo pudo disfrutar de la inusual alegría de sus habitantes durante 16 años. Recuerda con nostalgia sus calles bulliciosas, las tiendas donde se vendían perfumes franceses, abrigos de visón y productos de los lugares más remotos. Era como un oasis de color en medio de un país donde dominaban los grises. Sus habitantes, que en su gran mayoría trabajaban para la central, disponían de un nivel de renta sorprendentemente alto para la Unión Soviética.

 

Ahora, sin poder evitar las lágrimas, observa las ruinas de los edificios que un día querían tocar el cielo, los colegios y parques donde los niños jugaban, alejados de cualquier preocupación, y soñaban con subir en la noria del parque de atracciones que nunca se llegó a inaugurar.

 

Seguimos nuestro recorrido por las abandonadas calles de la ciudad y visitamos uno de los 6 jardines de infancia. Deteriorado, abandonado, todavía conserva los murales infantiles y la muñeca que quedó impasible, encima de una silla, esperando a que alguna niña volviese algún día a jugar con ellas y dejándose observar por los visitantes, que, como nosotros, reviven la tragedia con su presencia.

 

Nos cruzamos a poca gente a nuestro paso, algún trabajador que camina pausadamente, mujeres que hablan enérgicamente, pero la persona más interesante que encontramos, es Safka, un anciano de 70 años que vive con su esposa adentrado en el bosque. Le gusta hablar con la gente, y sonriendo nos relata como celebró sus bodas de oro recientemente, y cómo el presidente de Ucrania le saludó personalmente y le regaló su teléfono móvil. Bromea con el hecho de que tiene línea directa con Yuschenko.

 

 

"Es curioso", nos relata el guía, "cómo han sobrevivido las personas que en el 86 tenían más de 40 años, y las que eran jóvenes, o incluso no habían nacido, las que más enfermedades han contraído".

 

"Las cifras oficiales" sigue Sergei, "hablan de 600000 damnificados por el accidente nuclear", pero nos admite que él piensa que son muchos más. "No se puede relacionar directamente las enfermedades que hoy en día se detectan". Lo cierto es que además de las dolencias relacionadas claramente con las exposiciones radioactivas, cada vez hay más personas que padecen enfermedades cardiovasculares. "En la clase de mi hijo, de 20 años", admite, "el 70% de los alumnos padecen pancreatitis". La deficiente alimentación de la población, debida a los recursos económicos, y las escasas posibilidades de recibir un tratamiento médico adecuado, no ayudan a que su salud mejore.

 

"La radioactiviad", no se ve, ni se siente, pero puede matar, poco a poco".

 

Hasta hace poco, un grupo de 80 científicos han estado estudiando las consecuencias de la catástrofe en animales, pero los estudios no han sido concluyentes, o al menos, no han sido publicados. La financiación se terminó hace un año, y los científicos volvieron a sus casas.

 

 Safka y su mujer no hicieron caso de las recomendaciones ni prohibiciones. Ellos, como otros muchos ancianos, volvieron al lugar que los vio nacer, a sus bosques, a su casa, volvieron a cultivar sus tierras, y vieron nacer las flores de nuevo. Nos invita a su casa a verlas, pero no queda tiempo, pues nos acaban de hablar de otra flor que también nació y creció en Chernobil hace siete años. La única niña que vive en la zona. Decidimos ir a visitarla.

Llegamos a la casa de madera, pintada de alegres colores, que contrasta con la desolación del entorno. Comienza a llover, y el color de las flores que crecen delante del porche parece todavía destacar más.

 

Nos recibe Lidia, de 55 años, una mujer de complexión fuerte y mirada intensa, la madre de María, que nos cuenta su historia. Ella no vivía en Chernóbil cuando ocurrió el incendio, sino en Dnipropetrosk, a muchos kms. de allí. Trabajaba en una fábrica de armas, que como muchas de la zona, cerró en los años 90. Lidia, con tres hijos mayores y abandonada por su marido, no tenía donde vivir. No recibía ninguna pensión y no encontraba trabajo. Una amiga le habló de la región de Chernóbil. Le dijo que allí había cientos de casas abandonadas, que con unos insignificantes arreglos, podían ser su hogar.

 


Lidia era consciente de donde iba. Sabía que lo que hacía no era legal, ni sano, pero sus hijos ya tenían su vida y no se ocuparían de ella. Ella tenía poco que perder, y si permanecía en su ciudad, acabaría mendigando. Cuando llegó a Chernóbil, ocupó uno de los apartamentos de los miles abandonados, y más tarde conoció a Víctor, uno de los otros sama shol de la zona, con quien se casó. Años más tarde, en 1999, nació María.

 

Durante seis años, la pequeña ha vivido con sus padres, sin relacionarse apenas con otros niños, ni asistir al colegio. Nos relata Lidia cómo tuvo que esconder a María en varias ocasiones que vino la policía a su casa a buscarles, porque aunque las autoridades pueden ignorar la resistencia de los ancianos que se niegan a abandonar la zona, con los niños, o mejor dicho, con la única niña, han intentado por todos los medios aplicar las leyes. Pero no lo han conseguido, y la familia continua en el área contaminada.

 

Desde hace un año asiste al colegio de Ivankiv, pero aún así María apenas nos habla. Es introvertida y tímida. El año pasado, Lidia decidió dejar a su marido y ocupó otra de las casas abandonadas de la región. "Víctor bebe", afirma la madre, "y aquí es fácil encontrar un lugar donde vivir, y la tierra da productos con los que alimentarnos".

 

Los representantes de la ONG española le hablan de su proyecto de acogimiento en España para mejorar la salud de los menores, y le preguntan a la madre qué le parecía que su hija participase en el programa el año que siguiente. "Claro que sí", contesta, "yo quiero lo mejor para ella". El verano del 2008 María viajará a España junto con el resto de niños que vienen en el programa de acogimiento familiar.

 

Lidia sabe lo que dicen de Chernobil, pero afirma que ella y su hija se encuentran bien, y aunque no ha recibido nunca un reconocimiento médico exhaustivo, afirma, "su aspecto es saludable", y es verdad. Es una niña preciosa. Aunque su mirada es triste, es hermosa, como las flores que crecen en Chernobil.

 

Abril 2007

Texto: Clara Arnal. Presidenta Asociación Ucrania 2000

 

Fundación JPLV

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Fotos: Benito Pajares

 

http://www.benitopajares.com/chernobil/

 

 

 

La Fundación Juntos por la Vida, es una Organización sin ánimo de lucro formada por voluntarios que desde el año 1994, se constituyeron como la Fundación Abogados sin Fronteras con el propósito de ayudar a los niños y niñas afectados por Chernobil. Desde entonces, se han constituido dos organizaciones, la asociación Ucrania 2000, constituida por las familias de acogida, y la Fundación, constituida por un patronato, que hoy en día conviven y siguen organizando los programas de acogimiento familiar, ayuda humanitaria e investigación, entre otros. Detallamos con brevedad las áreas más importantes de acción de la fundación:
 
ACOGIMIENTO
 
Desde el año 1994 hasta la actualidad se han beneficiado más de 1000 niños y niñas de nuestros programas de acogida, y han participado más de 1900 voluntarios de manera directa en las acciones de acogimiento familiar.
 

 
Han sido un total de 7000 los acogimientos gestionados.
Los programas humanitarios con los menores en situación de vulnerabilidad de Ucrania han dado lugar a resultados visibles a lo largo de los años, materializados en tres grandes áreas:
-       la mejora de la salud.
-       el fomento de los valores a a partir de la convivencia.
-       la garantía de un futuro a través de la educación.
 
SENSIBILIZACIÓN Y CONVIVENCIA
 
La Fundación promovió junto al Gobierno Valenciano, programas de convivencia con otros colectivos de acogida (niños y niñas saharauis) para la promoción de la interculturalidad, la educación en valores y la sensibilización. Desde los años 2007 al año 2012. Salidas a parques temáticos, excursiones, conciertos y días de deportes.
AYUDA HUMANITARIA
La Fundación ha realizado acciones de ayuda humanitaria puntuales (donaciones) a diferentes familias, orfanatos y hospitales de Ucrania.
-       Donación de equipos informáticos a orfanatos de Bucha, Borispol, escuela y asociación de Irpen y escuela especializada en Español nº 63 de Kiev.
-       Donación de equipos sanitarios al Orfanato de Odessa para los niños con deficiencias visuales.
-       Donación de material sanitario en varias ocasiones a diferentes centros y hospitales.
-       Restauración de viviendas destruidas por incendios.
-       Reconstrucción de baños y servicios en orfanatos de Bucha y Borispol.
-       Donaciones puntuales de alimentos, financiación de medicación y suplementos nutricionales y vitamínicos.
Donaciones de ropa, libros y material escolar a diferentes centros

SALUD


La salud es una de los principales preocupaciones de la Fundación. Además de las revisiones médicas por los convenios con la sanidad pública, todos los menores disponen de un seguro privado, y en el caso de que alguno tenga una afección grave que requiera tratamiento prolongado, la fundación ha realizado las gestiones oportunas para que el menor permanezca en España y sea tratado.
En todos estos casos hemos atendido con éxito a dos jóvenes de tumores malignos en sendos hospitales. Se les ha proporcionado asistencia sanitaria, transporte y acomodación a los familiares.
El cirujano Pedro Cavadas ha intervenido a dos de los menores afectados por malformaciones en pies y manos debidas a la radiación, devolviendo en ambas casos, y tras tres operaciones, la funcionalidad en las extremidades.
Financiación de  intervenciones quirúrgicas en Odessa relacionadas con patologías ofmatológicas. Años 2005 - 2006.
Financiación de intervenciones quirúrgicas en Irpen.
 
INVESTIGACIÓN


-       Estudio sobre las consecuencias del accidente nuclear de Chernobil en la sangre periférica de los niños. Estudio comparativo entre 25 niños afectados que han viajado a España más de 5 veces un grupo control de otros 25.
Llevado a cabo por el Departamento de Protección Radiológica del Hospital Universitario La Fe de Valencia. (2011). Co-autora del estudio Clara Arnal (presidenta). Este estudio ha sido publicado en   varias revistas científicas y ha sido galardonado con varios premios a nivel internacional.
 
2013.- Frequency of dicentrics and contamination levels in Ukrainian children and adolescents from areas near Chernobyl 20 years after the nuclear plant accident. Alegría Montoro , Natividad Sebastià , Cristian Candela-Juan , Joan Francesc Barquinero , Jos é Miguel Soriano , Miguel Almonacid , Oscar Alonso , Miguel Guasp , Elena Marques-Sule, José Cervera, Esperanza Such , Clara Arnal & Juan Ignacio Villaescusa. International Journal of Radiation Biology
 
-       Participación en la guía de nutrición de la Universidad de Valencia. Facultad de Farmacia y Nutrición,  de la cual, Clara Arnal (presidenta) es co-autora. Con recetas ucranianas. (2015) (en proceso de edición)
 
DIFUSIÓN


En varias ocasiones medios de comunicación españoles han acompañado a miembros de la Fundación a Ucrania a hacerse eco de su labor. En 2010 Benito Pajares, fotoperiodista Internacional, premio World Press Photo realizó una exposición sobre Chernobil, 25 años después, “Miradas de Chernobil”, que ha itinerando en diferentes municipios de la Comunidad Valenciana.
Varias veces RNE ha viajado a Ucrania a realizar conexiones internacionales desde diferentes centros (Bucha, Slavutich, Irpen)
En 2010, un equipo de RTVE, viajó a Ucrania con nosotros para realizar un extenso programa de televisión sobre la labor de la Fundación.

 

PROMOCIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

A lo largo de los años, los voluntarios de la fundación y las familias educadoras de acogida se han convertido en promotores de derechos humanos a través de los diferentes programas de difusión de valores como la paz, la justicia social, la convivencia, la integración, la educación y la igualdad. La fundación sigue con el compromiso firme de difundir estos valores a través de proyectos serios y rigurosos en el país, sobre todo en zonas desfavorecidas, rurales y en situación de vulnerabilidad, donde la educación para el desarrollo sostenible es fundamental para la consecución de los objetivos de los niños y niñas beneficarios de los programas, y por consiguiente de las comunidades que los rodean.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 
FOMENTO DE LA CULTURA
Uno de los intereses de la Fundación, es promover el castellano como nexo de unión entre  tantas familias y como idioma que a tantos jóvenes les ha otorgado una educación en valores que les servirá de trampolín hacia un futuro mejor. La fundación propone diferentes actividades tanto en Ucrania como en España para fomentar la cultura Española y la fusión de las dos culturas, así como para mantener vivo el sentido del programa realizado durante tantos años y poner en valor los objetivos alcanzados.